Cármides o de la sabiduría

La sabiduría, tanto el concepto como la medición de la misma son siempre polémicos, y qué mejor forma que un diálogo de Sócrates narrado por él mismo para iniciarse en el concepto de sabiduría real, y hagan en sus mentes mientras tanto una comparación de esta conversación con una que actualmente se tiene en las terrazas sobre el arte del saber:

Habiendo llegado la víspera
de la llegada del ejército de Potidea, tuve singular placer, después de tan
larga ausencia, en volver a ver los sitios que Habitualmente frecuentaba. Entré
en la palestra de Taureas, frente
por frente del templo del Pórtico real, y encontré allí una numerosa reunión,
compuesta de gente conocida y desconocida. Desde que me vieron, como no me
esperaban, todos me saludaron de lejos. Pero Querefon, tan loco como siempre,
se lanza en medio de sus amigos, corre hacia mí, y tomándome por la mano:

—¡Oh Sócrates! dijo, ¿cómo
has librado en la batalla?

Poco antes de mi partida del
ejército había tenido lugar un combate bajo los muros de Potidea, y acababan de
tener la noticia.

—Como ves, le respondí.

—Nos han contado, replicó,
que el combate había sido de los más empeñados, y que habían perecido en él muchos
conocidos.

—Os han dicho la verdad.

—¿Asististe a la acción?

—Allí estuve.

—Ven a sentarte, dijo, y
haznos la historia de ella, porque ignoramos completamente los detalles.

En el acto, llevándome
consigo, me hizo sentar al lado de Critias, hijo de Callescrus. Me senté,
saludé a Critias y a los demás, y procuré satisfacer su curiosidad sobre el
ejército, teniendo que responder a mil preguntas.

Terminada esta conversación,
les pregunté a mi vez qué era de la filosofía, y si entre los jóvenes se habían
distinguido algunos por su saber o su belleza, o por ambas cosas. Entonces
Critias, dirigiendo sus miradas hacia la puerta y viendo entrar algunos jóvenes
en tono de broma, y detrás un enjambre de ellos:

—Respecto a la belleza,
dijo, vas a saber, Sócrates, en este mismo acto todo lo que hay. Esos que ves
que acaban de entrar son los precursores y los amantes del que, a lo menos por
ahora, pasa por el más hermoso. Imagino que no está lejos, y no tardará en
entrar.

—¿Quién es, y de quién es
hijo?

—Le conoces, dijo, pero no
se le contaba aún entre los jóvenes que figuraban cuando marchaste; es
Carmides, hijo de mi tío Glaucon y primo mío.

—Sí. ¡por Júpiter! le
conozco; en aquel tiempo, aunque muy joven, no parecía mal; hoy debe ser adulto
y bien formado.

—Ahora mismo, dijo, vas a
juzgar de su talle y disposición.

Cuando pronunciaba estas
palabras, Carmides entró.

—No es a mí, querido amigo,
a quien es preciso consultar en esta materia, y si he de decir la verdad, soy
la peor piedra de toque para decidir sobre la belleza de los jóvenes; en su
edad no hay uno que no me parezca hermoso.

Indudablemente me pareció
admirable por sus proporciones y su figura, y advertí que todos los demás
jóvenes estaban enamorados de él, como lo mostraban la turbación y emoción que
noté en ellos cuando Carmides entró. Entre los que le seguían venía más de un
amante. Que esto sucediera a hombres como nosotros, nada tendría de particular;
pero observé que entre los jóvenes no había uno que no tuviera fijos los ojos
en él, no precisamente los más jóvenes, sino todos, y le contemplaban como un
ídolo.

Entonces Querefon,
interpelándome, dijo:

—¿Qué te parece de este
joven, Sócrates? ¿No tiene hermosa fisonomía?

—Muy hermosa, respondí yo.

—Sin embargo, replicó él, si
se despojase de sus vestidos, no te fijarías en su fisonomía; tan bellas son en
general las formas de su cuerpo.

Todos repitieron las
palabras de Querefon.

—¡Por Hércules! dije yo
entonces, me habláis de un hombre irresistible, si por cima de todo esto posee
una cosa muy pequeña.

—¿Cuál es? dijo Critias.

—Que la naturaleza, repliqué
yo, le haya tratado con la misma generosidad respecto del alma; y creo que así
sucederá, puesto que este joven es de tu familia.

—Pues tiene un alma muy
bella y muy buena, me respondió.

—¿Y por qué, repliqué yo, no
pondremos primero en evidencia su alma, y no la contemplaremos antes que su
cuerpo? En la edad en que se halla, ¿está en posición de sostener dignamente
una conversación?

—Perfectamente, dijo
Critias, porque ha nacido filósofo; y si hemos de creer a él y a todos los
demás, es también poeta.

—Talento que os es
hereditario, mi querido Critias, y que lo debéis a vuestro parentesco con
Solón. ¿Pero qué esperas para darme a conocer a este joven y llamarle aquí? Aun
cuando fuese más joven, ningún inconveniente tendría en conversar con nosotros
delante de ti, su primo y tutor.

—Lo que dices es muy justo;
vamos a llamarle.

Dirigiéndose al mismo tiempo
hacia un sirviente:

—Esclavo, dijo, llama a
Carmides, y dile que quiero que consulte con un médico sobre la indisposición
de que me habló estos días.

Y dirigiéndose a mí:

—Hace algún tiempo, dijo,
que tiene la cabeza pesada al levantarse de la cama. ¿Qué inconveniente hay en
indicar que conoces un remedio a los males de cabeza?

—Ninguno, con tal que venga.

—Va a venir.

Así sucedió. Carmides vino,
y dio ocasión a una escena divertida. Cada uno de nosotros, que estábamos
sentados, empujó a su vecino, estrechándole para hacer sitio y conseguir que
Carmides se sentara a su lado, resultando de estos empujes individuales, que
los dos que estaban a los extremos del banco, el uno tuvo que levantarse y el
otro cayó en tierra. Sin embargo, Carmides se adelantó y se sentó entre Critias
y yo. Pero entonces, ¡oh amigo mío! me sentí todo turbado y perdí
repentinamente aquella serenidad de antes, con la que contaba para conversar
sin esfuerzo con él. Después Critias le dijo que era yo el que sabía un
remedio; él volvió hacia mí sus ojos como para interrogarme, echándome una
mirada que no me es posible describir, y todos cuantos estaban en la Palestra
se apuraron a colocarse en círculo alrededor de nosotros. En este momento,
querido mío, mi mirada penetró por entre los pliegues de su túnica, se enardecieron
mis sentidos, y en mi trasporte comprendí hasta qué punto Cidias es inteligente
en amor, cuando hablando de un bello joven, y dirigiéndose a un tercero, le
dice: No vayas, inocente gamo, a presentarte al
león, si no quieres que te despedace
. En cuanto mí, me he creído cogido
entre sus dientes. Sin embargo, como me preguntó si sabía un remedio para el
mal de cabeza, le respondí, no sin dificultad, que sabía uno.

—¿Qué remedio es? me dijo.

Le respondí que mi remedio
consistía en cierta yerba, pero que era preciso añadir ciertas palabras
mágicas; que pronunciando las palabras y tomando el remedio al mismo tiempo se
recobraba enteramente la salud; pero que por el contrario las yerbas sin las
palabras no tenían ningún efecto. Pero él dijo:

—Voy, pues, a escribir las
palabras que tú vas a decirme.

—¿Las diré a petición tuya o
sin ella?

—A mi ruego, Sócrates,
replicó riéndose.

—Sea así; ¿pero sabes mi
nombre?

—Sería una falta en mí el
ignorarlo, dijo; en el círculo de jóvenes casi eres tú el principal objeto de
nuestras conversaciones, y respecto a mí mismo, recuerdo bien haberte visto,
siendo niño, muchas veces en compañía de mi querido Critias.

—Perfectamente, repliqué yo;
seré más libre para explicar en qué consisten estas palabras mágicas, porque no
sabía cómo hacerte comprender su virtud. Es tal su poder, que no curan sólo los
males de cabeza. Quizá has oído hablar de médicos hábiles. Si se les consulta
sobre males de ojos, dicen que no pueden emprender sólo la cura de ojos, y que
para curarlos tienen que extender su tratamiento a la cabeza entera; en igual
forma imaginar que se puede curar la cabeza sola despreciando el resto del
cuerpo, es una necedad. Razonando de esta manera, tratan el cuerpo entero y se
esfuerzan en cuidar y sanar la parte con el todo. ¿No crees tú que es así como hablan
y como pasan las cosas?

—Es verdad, respondió.

—¿Y tú apruebas esta manera
de hablar y razonar?

—No puedo menos, dijo.

Viendo a Carmides de acuerdo
conmigo, más animado, poco a poco recobré mi serenidad y advertí que rehacía
mis fuerzas. Entonces le dije:

—El mismo razonamiento puede
hacerse con ocasión de nuestras palabras mágicas. Yo las aprendí allá en el
ejército de uno de estos médicos tráceos, discípulos de Zamolxis, que pasan por
tener el poder de hacer a los hombres inmortales. Este tráceo declaraba que los
médicos griegos tienen cien veces razón para hablar, como yo les hice hablar
antes; pero añadía: «Zamolxis, nuestro rey, y por añadidura un Dios, pretende
que si no debe emprenderse la cura de los ojos sin la cabeza, ni la cabeza sin
el cuerpo, tampoco debe tratarse del cuerpo sin el alma; y que si muchas
enfermedades se resisten a los esfuerzos de los médicos griegos, procede de que
desconocen el todo, del que por el contrario debe tenerse el mayor cuidado;
porque yendo mal el todo, es imposible que la parte vaya bien.» Del alma, decía
este médico, parten todos los males y todos los bienes del cuerpo y del hombre
en general, e influye sobre todo lo demás, como la cabeza sobre los ojos. El
alma es la que debe ocupar nuestros primeros cuidados, y los más asiduos, si
queremos que la cabeza y el cuerpo entero estén en buen estado

.

«Querido mío, añadía, se
trata al alma. valiéndose de ciertas palabras mágicas. Estas palabras mágicas
son los bellos discursos. Gracias a estos bellos discursos, la sabiduría toma
raíz en las almas, y, una vez arraigada y viva, nada más fácil que procurar la
salud a la cabeza y a todo el cuerpo.» Enseñándome el remedio y las palabras,
«acuérdate, me dijo, de no dejarte sorprender para no curar a nadie la cabeza
con este remedio, si desde luego él no te ha entregado el alma para que la
cures con estas palabras; porque hoy día, añadía, es un error de la mayor parte
de los hombres el creer que se puede ser médico de una parte sin serlo de
otra.» Me recomendó mucho que no cediera a las instancias de ningún hombre, por
rico, por noble, por hermoso que fuese, y que no obrase jamás de otra manera.
Yo lo he jurado, estoy obligado a obedecer, y obedeceré infaliblemente. Con
respecto a ti, siguiendo las recomendaciones del extranjero, si quieres
entregarme desde luego el alma para que yo la hechice con las palabras mágicas
del tráceo, curaré tu cabeza con el remedio. Si no, yo no puedo hacer nada por
ti, mi querido Carmides.»

Apenas Critias me oyó hablar
de esta manera, cuando exclamó:

—¡Qué fortuna es para este
joven, Sócrates, tener el mal de cabeza, si al curarse ve la necesidad de
perfeccionar igualmente su espíritu! Te diré, sin embargo, que Carmides me
parece superior a los jóvenes de su edad, no sólo por la belleza de las formas,
sino también por esa cosa misma por la que tú has llegado a saber las palabras
mágicas; porque tú quieres hablar de la sabiduría, ¿no es verdad?

—Precisamente.

—Has de saber, replicó, que
a los ojos de todos es incontestablemente el más sabio entre sus compañeros, y
que en todo lo demás no es inferior a ninguno de la edad que él tiene.

—Ciertamente, dije entonces,
es justo, ¡oh Carmides! que sobresalgas entre los demás por todas estas
cualidades; porque no creo que ninguno de nosotros, remontando hasta nuestros
abuelos, pueda presentar con probabilidad dos familias capaces de producir por
su alianza un renuevo más precioso ni más noble que aquellas de las que tú
desciendes. Anacreonte, Solón y los demás poetas han celebrado a porfía la
familia de tu padre que se liga a Critias, hijo de Dropido, diciendo lo mucho
que ha sobresalido por su belleza y su virtud y por todas las demás ventajas
que constituyen la felicidad. Por la de tu madre sucede lo mismo. Jamás se
conoció en el continente un hombre, ni más hermoso, ni mejor que tu tío
Pirilampo, embajador que fue ya cerca del gran rey, ya cerca de otros príncipes
del continente. Esta familia no cede en nada a la precedente. Con tales
antepasados tú no puedes menos de ser el primero de todos. Por esta parte de
belleza que se ofrece a la vista, querido hijo de Glaucon, no has degenerado de
tus abuelos; y si en cuanto a sabiduría y a otras cualidades análogas estás
dotado en los términos manifestados por Critias, entonces, mi querido Carmides,
declaro que tu madre ha echado al mundo un dichoso mortal. Entendámonos, pues.
Si estás ya en posesión de la sabiduría, como lo pretende mi querido Critias;
si eres suficientemente sabio, nada tienes que ver con las palabras mágicas de
Zamolxis o de Abaris, el hiperbólico, y debo en
este instante enseñarte el remedio para el mal de cabeza; pero si por el
contrario piensas tener aún algo que aprender, es preciso que yo te hechice
antes de hacerte conocer el remedio. A ti toca decirme si participas de la
opinión de Critias, si crees tu sabiduría completa o aún incompleta.

Carmides se ruborizó al
pronto, y pareció más hermoso, porque la modestia cuadraba bien a su edad
juvenil; después dijo con cierta dignidad, que no le era fácil responder en el
acto sí o no a semejante pregunta. Porque, añadió, si niego que soy sabio, me
acuso a mí mismo, lo que no es razonable; y además doy un mentís a Critias y a
muchos otros que me creen sabio, a lo que parece. En el caso contrario, hago yo
mismo mi elogio, lo que no es menos inconveniente. Yo no sé qué responder.

Entonces yo le dije: hablas
bien, Carmides, y he aquí en consecuencia cuál es mi dictamen. Es que
examinaremos juntos, si tú posees o no la cualidad en cuestión; de esta manera
evitaremos, tú el decir palabras que te costarían demasiado, y yo el curarte
sin haber examinado antes si tienes necesidad del remedio. Si esto te place,
emprenderé contigo este examen. Si no, dejémoslo en este estado.

Carmides es hermoso; se dice que también es sabio, y él no está lejos de creerlo. Pero si es sabio, tiene el convencimiento de serlo, y si tiene el convencimiento, se halla en estado de definir la sabiduría. ¿Qué es por lo tanto la sabiduría? Es entonces cuando comienza el diálogo entre Sócrates y Carmides.

Carmides

Eso me agrada cuanto es
posible, y te suplico, que veas cuál es la mejor manera de proceder a esta
indagación.

Sócrates

He aquí el mejor método, en
mi opinión, para proceder al examen. Evidentemente, si posees la sabiduría,
eres capaz de formar juicio sobre ella, porque residiendo en ti, si de hecho
reside, es una necesidad que se haga sentir interiormente, y haciéndose sentir,
no puedes menos de formarte una opinión sobre la naturaleza y caracteres de la
sabiduría; ¿no lo crees así?

Carmides

Así lo creo.

Sócrates

Y lo que piensas, sabiendo
el griego, puedes expresarlo tal como está en tu espíritu?

Carmides

Quizá.

Sócrates

Para que sepamos si la
sabiduría reside en ti o no, dinos: ¿qué es la sabiduría en tu opinión?

PRIMERA DEFINCIÓN: LA SABIDURÍA ES MODERACIÓN Y MESURA

Carmides

Pues… la sabiduría consiste
en hacer todas las cosas con moderación y medida; en andar, hablar, obrar en
todo de esta manera; en una palabra, añadió, la sabiduría es, a mi juicio, una
cierta medida.

Sócrates

¿Eso es cierto? Se dice
comúnmente, querido Carmides, que los que proceden con medida son sabios; ¿pero
hay razón para decirlo? Examinémoslo. Dime, la sabiduría, ¿se la cuenta entre
las cosas bellas?

Carmides

Sí.

Sócrates

¿Y qué es más bello para un
maestro de escuela, escribir ligero o con medida?

Carmides

Escribir ligero.

Sócrates

¿Leer ligero o con lentitud?

Carmides

Ligero.

Sócrates

Y tocar la lira con soltura
y luchar con agilidad ¿no es más bello que hacer todas estas cosas con mesura y
lentitud?

Carmides

Sí.

Sócrates

¡Y qué! En el pugilato y en
los combates de todos géneros, ¿no sucede lo mismo?

Carmides

Absolutamente.

Sócrates

El salto, la carrera y todos
los ejercicios del cuerpo, ¿no son bellos cuando se ejecutan con agilidad y
ligereza, y feos cuando se ejecutan con pesadez, embarazo y mesura?

Carmides

Así parece.

Sócrates

Resulta, pues, que, por lo
menos en lo relativo al cuerpo, no es la mesura, sino la velocidad y agilidad,
las que son bellas; ¿no es así?

Carmides

Sin duda.

Sócrates

¿Pero la sabiduría es bella?

Carmides

Sí.

Sócrates

Luego, por lo menos, en lo
que concierne al cuerpo, no es la mesura o medida, sino la velocidad la que
constituye la sabiduría, puesto que la sabiduría es una cosa bella.

Carmides

Eso es muy probable.

Sócrates

¿Pero qué? cuál es más
bello, ¿la facilidad o la dificultad en aprender?

Carmides

La facilidad.

Sócrates

¿Pero la facilidad en
aprender consiste en aprender pronto, y la dificultad en aprender con mesura y
lentitud?

Carmides

Sí.

Sócrates

¿Y no es más bello, y en
alto grado, instruir a uno con prontitud, que con mesura y lentitud?

Carmides

Sí.

Sócrates

¿En la reminiscencia y en el
recuerdo, la mesura y la lentitud son más bellas, o bien lo son la fuerza y la
rapidez?

Carmides

Son la fuerza y la rapidez.

Sócrates

¿Una comprensión fácil no
consiste en un ejercicio rápido del alma y no en la mesura?

Carmides

Es cierto.

Sócrates

Por consiguiente, cuando se
trata de comprender las lecciones de un maestro, sea de lenguas, sea de música,
sea de cualquiera otra cosa, no es la gran mesura, sino la gran velocidad, la
que es verdaderamente bella.

Carmides

Sí.

Sócrates

Luego, mi querido Carmides,
en todo lo que concierne al alma, ¿la agilidad y la velocidad parecen más
bellas que la lentitud y la mesura?

Carmides

Es muy probable.

Sócrates

De donde se sigue, razonando
como hasta aquí, que la sabiduría no es la mesura, ni una vida mesurada es una
vida sabia, siendo la sabiduría inseparable de la belleza. Porque no hay medio
de negarlo; las acciones mesuradas nunca, o salvas bien pocas excepciones, nos
parecen, en el curso de la vida, más bellas que las que se realizan con energía
y rapidez. Y aun cuando, querido mío, las acciones más bellas por la mesura que
por la fuerza y la rapidez fuesen más numerosas que las otras, no por esto se
tendría derecho a decir, que la sabiduría consiste más bien en obrar con
mesura, que con fuerza y rapidez, ya sea andando, ya leyendo, ya haciendo
cualquiera otra cosa; ni que una vida mesurada es más sabia que una vida sin
mesura, porque al cabo hemos reconocido, que la sabiduría se refiere a la
belleza, y hemos reconocido también que la rapidez no es menos bella que la
mesura.

Carmides

Lo que dices, Sócrates, me
parece de hecho justo.

Sócrates

Pues bien, mi querido
Carmides, fíjate atentamente en ti mismo; considera en lo que te has convertido
bajo el imperio de la sabiduría; y cuál debe ser ésta, para haberte hecho
sabio; y, condensando en seguida tus ideas, di claramente y como hombre de
corazón lo que es la sabiduría en tu opinión.

SEGUNDA DEFINICIÓN: LA SABIDURÍA ES PUDOR

Carmides

Me parece, que lo propio de
la sabiduría es producir el rubor, hacer al hombre modesto y vergonzoso; la
sabiduría es, pues, el pudor.

Sócrates

Sea; ¿no
confesaste antes que la sabiduría era una cosa bella?

Carmides

Sin duda.

Sócrates

¿Y los hombres sabios son
buenos igualmente?

Carmides

Sí.

Sócrates

¿Es buena una cosa que no
produce lo bueno?

Carmides

No, ciertamente.

Sócrates

La sabiduría no es sólo una
cosa bella, sino una cosa buena.

Carmides

Así me parece.

Sócrates

¡Pero qué! ¿no crees que
Homero ha tenido razón en decir: el
pudor no es bueno al indigente
?

Carmides

Verdaderamente sí.

Sócrates

¿Pero entonces el pudor es
bueno y no es bueno a la vez?

Carmides

Así parece.

Sócrates

Pero la sabiduría es buena,
puesto que hace buenos a los que la poseen, sin hacerlos jamás malos.

Carmides

A mi parecer, es como dices.

Sócrates

Luego la sabiduría no es
pudor, puesto que es esencialmente buena, y que el pudor tan pronto es bueno,
tan pronto malo.

TERCERA DEFINICIÓN: LA SABIDURÍA ES HACER LO QUE NOS ES PROPIO

Carmides

Bien dicho, Sócrates, a mi
parecer. Pero veamos, si te place, esta otra definición de la sabiduría. Me
acordé hace un momento haber oído decir que la sabiduría consiste en hacer lo
que nos es propio. Examina, pues, si el autor de estas palabras te parece haber
hablado bien.

Sócrates

¡Picaruelo! ¿es Critias o
algún otro filósofo el que te ha sugerido esa idea?

Critias

Algún otro seguramente,
porque a mí no lo ha oído.

Carmides

¡Ah! ¿qué importa, Sócrates,
de quién lo he oído?

Sócrates

De ninguna manera importa,
porque, regla general, no hay que examinar quién ha dicho esto o aquello, sino
si está bien dicho.

Carmides

Perfectamente.

Sócrates

Pero, ¡por Júpiter! si
descubrimos lo que esto significa, no me sorprenderé poco; es un verdadero
enigma.

Carmides

¿Por qué?

Sócrates

Porque no ha reflexionado en
el sentido de las palabras el que ha dicho que la sabiduría consiste en hacer
lo que nos es propio. Veamos; ¿piensas que el maestro de escuela no hace nada
cuando lee o escribe?

Carmides

Nada de eso.

Sócrates

¿Pero crees que se limita a
leer o a escribir su propio nombre? ¿no os instruye a vosotros, jóvenes, no os
hace escribir los nombres de vuestros enemigos lo mismo que los vuestros y los
de vuestros amigos?

Carmides

Así es la verdad.

Sócrates

¿Y obrando de esa manera
erais unos insensatos?

Carmides

Nada de eso.

Sócrates

Sin embargo, vosotros no
hacíais sólo lo que os era propio, si es que leer y escribir es hacer alguna
cosa.

Carmides

Ciertamente es hacer alguna
cosa.

Sócrates

Y curar, querido mío,
construir, tejer y ejecutar cualquier obra en cualquier arte, es sin duda
alguna cosa.

Carmides

Seguramente.

Sócrates

¡Pero qué! te parecería bien
administrada la ciudad, en la que la ley ordenase a cada ciudadano tejer y
lavar sus ropas, hacer su calzado, su vendaje, sus frascos de perfumes y todo
lo demás, de suerte que sin echar mano a lo que no le perteneciera, amoldase e
hiciese por sí mismo todo lo que le fuese propio?

Carmides

Ese no es mi dictamen.

Sócrates

Sin embargo, si fuese
gobernada sabiamente, ¿sería bien administrada?

Carmides

Necesariamente.

Sócrates

¿Luego la sabiduría no
consiste en hacer todas estas cosas, ni en hacer lo que nos es propio?

Carmides

No, evidentemente.

Sócrates

Luego hablaba enigmáticamente,
como yo dije antes, el que decía que la sabiduría consiste en hacer lo que nos
es propio; porque no podía ser tan sencillo que lo entendiera como nosotros. ¿O
quizá estas palabras son de un insensato?

Carmides

Nada de eso; son de un hombre
que me parecía de hecho un sabio.

Sócrates

Nada más cierto entonces que
ha querido proponerte un enigma, porque es muy difícil en verdad saber lo que
significan estas palabras: hacer lo que nos es propio.

Carmides

Quizá.

Sócrates

Veamos, ¿qué es hacer lo que
nos es propio? ¿Puedes decírmelo?

Carmides

Yo no sé nada, ¡por Júpiter!
Pero no sería imposible que el que ha hablado de esta manera se comprendiese a
sí mismo.

Al decir esto, se sonreía y
dirigía sus miradas hacia Critias, que estaba visiblemente en brasas hacía
rato. Deseoso de aparecer ventajosamente delante de Carmides y de todos los que
allí estaban, se había contenido hasta entonces, haciendo un sacrificio; pero
en este momento no era ya dueño de sí mismo. Entonces vi en claro que no me
había engañado, conjeturando que Critias era el autor de la última respuesta de
Carmides con motivo de la sabiduría. En cuanto a éste, poco empeñado en
defender esta definición, y queriendo dejarlo a cargo del que la había
inventado, aguijoneaba a Critias, afectando mirarle como un hombre reducido al
silencio. Este no pudiendo sufrir más, y no menos colérico contra el joven que
un poeta contra el actor que desempeña mal su papel, dirigiéndole una mirada,
exclamó:

Critias

—Crees, Carmides, que porque
tú no sabes lo que pensaba aquel que ha dicho que la sabiduría consiste en
hacer lo que nos es propio, ¿crees, repito, que él no lo supiera?

Sócrates

¡Ah! mi querido Critias, es
extraño que tan tierno joven ignore estas cosas? Tú, por el contrario, estás en
edad de saberlas, sobre todo después de tus muchos estudios. Si eres de
dictamen que la sabiduría es lo que él decía, y si te consideras con fuerza
para explicar esta proposición, tendré mucho gusto en examinarla contigo, para
ver si es verdadera o falsa.

Critias

Sí, ciertamente soy de este
dictamen, y me considero con fuerzas para defenderlo.

Sócrates

Muy bien. Pero veamos, ¿me
concedes lo que antes dije: que todos los artífices trabajan en alguna cosa?

Critias

Sin dudar.

Sócrates

¿Y te parece que trabajan
únicamente en las cosas que les son propias o bien en las que conciernen a
otros?

Critias

También en las que
conciernen a otros.

Sócrates

Son sabios, aun cuando no
trabajen únicamente en lo que les es propio.

Critias

¿Y qué significa eso?

Sócrates

Para mí nada. Pero, mira, si
esto no significa nada para el que, después de haber sentado que la sabiduría
consiste en hacer lo que nos es propio, reconoce en seguida y tiene por sabios
igualmente los que hacen lo que concierne a otros.

Critias

¡Pero qué! ¿he reconocido,
por sabios a los que hacen lo que concierne a los demás, o los que trabajan en
este sentido?

Sócrates

Veamos; ¿es que hay
diferencia a tus ojos entre hacer una cosa y trabajar en ella?

Critias

Sí, verdaderamente la hay, y
no hay que confundir los términos trabajar y ocuparse. He aprendido de Hesiodo
esto: ninguna ocupación es
deshonrosa
. Si por ocuparse y hacer hubiera entendido las cosas de que tú
hablabas antes, ¿crees que hubiera querido decir, no es vergonzoso para nadie
coser sus zapatos, vender escabeche o estar despachando en una tienda? No,
Sócrates, no; sino que él sin duda ha creído, que una cosa es hacer y ocuparse
y otra es trabajar; y que puede haber algo de vergonzoso en un trabajo sin
relación con lo bello, lo que nunca sucede con la ocupación. Trabajar en vista
de lo bello y de lo útil, he aquí lo que llama ocuparse; y los trabajos de este
género son para él ocupaciones y actos. Estos son los únicos que considera como
propios; todo lo que nos es dañoso nos es extraño. En este sentido, no lo
dudes, es como Hesiodo, y con él todo hombre de buen juicio, llama sabio al que
hace lo que es propio.

Sócrates

¡Oh Critias! desde tus
primeras palabras sospeché, que por lo que nos es propio, lo que nos concierne,
querías decir el bien, y por acción el trabajo de los hombres de bien; porque
he oído a Prodico hacer mil y mil distinciones entre las palabras. Sea así; da
a las palabras el sentido que te agrade; me basta que las definas al tiempo de
emplearlas. Volvamos ahora a nuestra indagación y respóndeme claramente: ¿hacer
el bien o trabajar en él, o como quieras llamarlo, lo que tú llamas sabiduría?

Critias

Sin duda.

Sócrates

¿Sabio es el que hace el
bien, no el que hace el mal?

Critias

Tú mismo, querido mío, ¿no
eres de mi dictamen?

Sócrates

No importa; lo que tenemos
que examinar, no es lo que yo pienso, sino lo que tú dices.

Critias

Pues bien; el que no hace el
bien sino que hace el mal, declaro que no es sabio; al que no hace el mal sino
el bien, le declaro sabio. La práctica del bien; he aquí precisamente cómo
defino la sabiduría.

Sócrates

Podrá suceder que tengas
razón; sin embargo, una cosa me llama la atención, y es, que admites que un
hombre pueda ser sabio y no saber que lo es.

Critias

No hay tal; de ninguna
manera admito eso.

Sócrates

¿No has dicho antes, que los
artífices pueden muy bien trabajar en las cosas que conciernen a otros y ser sabios?

Critias

Ya lo he dicho; ¿pero qué
significa esto?

Sócrates

Nada, pero respóndeme; ¿el
médico que cura a un enfermo te parece que obra con utilidad para sí mismo y
para el enfermo?

Critias

Sí, ciertamente.

Sócrates

Conduciéndose de esta manera,
¿se conduce convenientemente?

Critias

Sí.

Sócrates

Y el que se conduce
convenientemente ¿no es sabio?

Critias

Lo es.

Sócrates

Pero es necesario, que el
médico sepa si sus remedios tienen o no tienen un efecto útil; ¿y el obrero
debe saber si sacará o no sacará provecho de su trabajo?

Critias

Quizá no.

Sócrates

Sucede algunas veces que un
médico hace unas cosas útiles y otras dañosas sin saber lo que hace. Sin
embargo, según tú, cuando obra útilmente obra sabiamente; ¿no es esto lo que
decías?

Critias

Sí.

Sócrates

Luego, al parecer, puesto
que obra algunas veces útilmente, obra sabiamente, es sabio; y sin embargo, él
no se conoce, no sabe que es sabio.

CUARTA DEFINICIÓN: LA SABIDURÍA ES LA CIENCIA DE LAS CIENCIAS

Aquí comienza una larga y sofística discusión, que llena la segunda mitad del diálogo. Sócrates establece: primero, que la ciencia de sí mismo es imposible; segundo, que es inútil; de donde se sigue, que tal ciencia de sí mismo no es la sabiduría.

Critias

Pero no, Sócrates, eso no es
posible. Si crees que mis palabras conducen necesariamente a esta consecuencia,
prefiero retirarlas, quiero más confesar sin rubor que me he expresado
inexactamente, que conceder que se pueda ser sabio sin conocerse a sí mismo. No
estoy distante de definir la sabiduría el conocimiento de sí mismo, y de hecho
soy de la opinión del que colocó en el templo de Delfos una inscripción de este
género. Esta inscripción es, a mi parecer, el saludo que el Dios dirige a los
que entran, en lugar de la fórmula ordinaria: ¡sed dichoso!; creyendo al
parecer que este saludo no es conveniente, y que a los hombres debe desearse,
no la felicidad, sino la sabiduría. He aquí en qué términos tan diferentes de
los nuestros habla el Dios a los que entran en su templo, y yo comprendo bien
el pensamiento del autor de la inscripción. Sed sabio, dice a todo el que
llega; lenguaje un poco enigmático, como el de un adivino. Conócete a ti mismo y sé sabio es la misma cosa, por lo menos así lo
pensamos la inscripción y yo. Pero puede verse en esto una diferencia, y es el
caso de los que han grabado inscripciones más recientes: nada en demasía; date en caución y
no estás lejos de tu ruina
. Han tomado la sentencia: conócete a ti mismo, por un
consejo, y no por el saludo del Dios a los que entran. Y queriendo hacer ver,
que también ellos eran capaces de dar útiles consejos, han grabado estas
máximas sobre los muros del edificio. He aquí, Sócrates, a donde tiende este
discurso. Todo lo que precede te lo abandono. Quizá la razón está de tu parte;
quizá de la mía. En todo caso, nada de sólido hemos dicho. Pero ahora estoy
resuelto a sostenerme con razones, si no me concedes que la sabiduría consiste
en conocerse a sí mismo.

Sócrates

Pero, mi querido Critias,
obras conmigo como si tuviese la pretensión de saber las cosas sobre que
interrogo, y como si yo no tuviese más que querer, para ser de tu dictamen.
Dios me libre de que así suceda. Yo busco de buena fe la verdad contigo; hasta
ahora la ignoro. Cuando haya examinado la proposición nueva que presentas, te
diré claramente si soy o no de tu dictamen, pero dame tiempo para hacer este
examen.

Critias

Hazlo.

Sócrates

Comienzo. Si la sabiduría
consiste en conocer alguna cosa, evidentemente es una ciencia y la ciencia de
alguna cosa. ¿No es así?

Critias

Es una ciencia, la de sí
mismo.

Sócrates

Y la medicina, ¿es la
ciencia de lo que es sano?

Critias

Sin duda.

Sócrates

Y si me preguntases: la
medicina, esta ciencia de lo que es sano, ¿en qué nos es útil y qué bien nos
procura; yo te respondería: un bien que no es poco precioso; nos da la salud,
lo que es un magnífico resultado. Creo que me concedes esto.

Critias

Lo concedo.

Sócrates

Y si me preguntases: la
arquitectura, que es la ciencia de construir, qué bien nos procura; yo te
respondería, las casas. Lo mismo respecto de las demás artes. Tú que dices que
la sabiduría es la ciencia de sí mismo, estás en el caso de responder al que te
pregunte: Critias, la sabiduría, que es la ciencia de sí mismo, ¿qué bien nos
procura que sea excelente y digno de su nombre? Vamos, habla.

Critias

Pero, Sócrates, tú no
razonas con exactitud. La sabiduría no es semejante a las otras ciencias; éstas
no son semejantes entre sí, y tú supones en tu razonamiento que todas se
parecen. Veamos; dime dónde encontraremos los productos de la aritmética y
geometría; como vemos en una casa el producto de la arquitectura y en un
vestido el producto del arte de tejer, y así en una multitud de otros efectos,
producto de una multitud de otras artes? ¿Puedes mostrarme los resultados de
estas dos ciencias? Pero no, tú no puedes.

Sócrates

Es cierto; pero puedo por lo
menos mostrarte de qué objeto cada una de estas ciencias es la ciencia, objeto
bien diferente de la ciencia misma. Así es, que la aritmética es la ciencia del
par y del impar, de sus propiedades y de sus relaciones. ¿No es así?

Critias

Sin duda.

Sócrates

¿Y el par y el impar
difieren de la aritmética misma?

Critias

No puede ser de otra manera.

Sócrates

Y la estática es la ciencia
de lo pesado y de lo ligero; lo pesado y lo ligero difieren de la estática
misma. ¿No lo crees así?

Critias

Lo creo.

Sócrates

Pues bien; dime, ¿cuál es el
objeto de la ciencia de la sabiduría, que sea distinto de la sabiduría misma?

Critias

Veamos el punto en que
estamos, Sócrates. De cuestión en cuestión acabas de hacer ver que la sabiduría
es de otra naturaleza que las otras ciencias, y a pesar de eso te obstinas en
buscar su semejanza con ellas. Esta semejanza no existe; pues mientras que
todas las demás ciencias son ciencias de un objeto particular y no del todo de
ellas mismas, sólo la sabiduría es la ciencia de otras ciencias y de sí misma.
Esta distinción no puede ocultársete, y creo que haces ahora lo que declarabas
antes no querer hacer; te propones sólo combatirme y refutarme, sin fijarte en
el fondo de las cosas.

Sócrates

¡Pero qué! ¿puedes creer, que
si yo te estrecho con mis preguntas, sea por otro motivo que por el que me
obligaría a dirigirme a mí mismo y examinar mis palabras; quiero decir, el
temor de engañarme pensando saber lo que yo no sabría? No, te lo aseguro; sólo
un objeto he tenido: ilustrar la materia de esta discusión; primero, por mi
propio interés, y quizá también por el de algunos amigos. Porque ¿no es un
provecho común para todos los hombres, que la verdad sea conocida en todas las
cosas?

Critias

Seguramente, Sócrates.

Sócrates

Ánimo, pues, amigo mío;
responde a mis preguntas, según tu propio juicio, sin inquietarte, si es
Critias o Sócrates el que lleva la mejor parte; aplica todo tu espíritu al
objeto que nos ocupa, y que sea una sola cosa la que te preocupe: la conclusión
a que nos conducirán nuestros razonamientos.

Critias

Así lo quiero, porque lo que
me propones me parece muy razonable.

Sócrates

Habla y dime lo que piensas
de la sabiduría.

Critias

Pienso, que, única entre
todas las demás ciencias, la sabiduría es la ciencia de sí misma y de todas las
demás ciencias.

Sócrates

Luego ¿será también la
ciencia de la ignorancia, si lo es de la ciencia?

Critias

Sin duda.

Sócrates

Por consiguiente, sólo el
sabio se conocerá a sí mismo, y estará en posición de juzgar de lo que sabe y
de lo que no sabe. En igual forma, sólo el sabio es capaz de reconocer,
respecto a los demás, lo que cada uno sabe creyendo saberlo, como igualmente lo
que cada uno cree saber, no sabiéndolo. Ningún otro puede hacer otro tanto. En
una palabra, ser sabio, la sabiduría, el conocimiento de sí mismo, todo se
reduce a saber lo que se sabe y lo que no se sabe. ¿No piensas tú lo mismo?

Critias

Sí.

Sócrates

Te llamo otra vez la
atención, y con esta serán tres, número que está consagrado al Dios libertador,
para que examinemos, como si comenzáramos esta indagación, primero, si es
posible o no saber que una persona sabe lo que sabe y no sabe lo que no sabe;
en seguida, suponiendo esto posible, qué utilidad puede resultar en saberlo.

Critias

Sí, examinémoslo.

Sócrates

Pues bien, mi querido
Critias, mira si en esta indagación eres más afortunado que yo, porque yo me
veo sumamente embarazado. ¿Te explicaré este conflicto mío?

Critias

Con gusto.

Sócrates

¿Y cómo no tengo de verme
embarazada, si lo que has dicho es una verdad, es decir, si existe una cierta
ciencia, que no es la ciencia de ninguna otra cosa más que de sí misma y de las
otras ciencias, y que además es la ciencia de la ignorancia?

Critias

Pues todo eso es verdad.

Sócrates

Mira, querido mío, que
sentamos por base una idea absurda; considérala aplicada a otros objetos, y te
parecerá, estoy seguro de ello, perfectamente irracional.

Critias

¿Cómo puede suceder eso y en
qué objetos?

Sócrates

He aquí. ¿Concibes una
vista, que no viese ninguna de las cosas que ven las demás vistas, pero que sea
la vista de sí misma y de las demás vistas, y hasta de lo que no es visto?
¿Concibes una vista, que no viese el color, a pesar de ser vista, pero que se
viese ella misma y las demás vistas? ¿Crees que semejante vista existe?

Critias

No, ¡por Júpiter!

Sócrates

¿Concibes un oído, que no
oyese ninguna voz, pero que se oyese a sí mismo y a los otros oídos, y hasta lo
que no es oído?

Critias

Tampoco.

Sócrates

Considerando todos los
sentidos a la vez, ¿te parece posible que haya uno que sea el sentido de si
mismo y de los otros sentidos, pero que no sienta nada de lo que los otros
sentidos sienten?

Critias

No, ciertamente.

Sócrates

¿Te parece posible que haya
un deseo, que no sea el deseo del placer, y que sólo lo sea de sí mismo y de
los otros deseos?

Critias

¡Ah! no.

Sócrates

¿Una voluntad, que no
quisiese ningún bien, pero que se quisiese a sí misma y a las otras voluntades?

Critias

Nada de eso.

Sócrates

Puedes concebir que exista
un amor, que no es el amor de ningún género de belleza, sino de sí mismo y de
los otros amores?

Critias

De ninguna manera.

Sócrates

¿Puedes imaginar un temor
que se teme a sí mismo y a los demás temores, pero que no teme ningún peligro?

Critias

No lo imagino.

Sócrates

Una opinión que es la
opinión de las demás opiniones y de sí misma, y que no se refiere a ninguno de
los objetos ordinarios de la opinión?

Critias

Nada de eso.

Sócrates

Y sin embargo, ¿afirmamos
que existe una ciencia que no es la ciencia de ningún conocimiento particular,
sino la ciencia de sí misma y de las otras ciencias?

Critias

Así lo afirmamos.

Sócrates

Es cosa bien extraña, si
existe semejante ciencia. Sin embargo, no nos apuremos a negar que exista, y procuremos
examinarla aún.

Critias

Tienes razón.

Sócrates

Veamos. Esta ciencia es la
ciencia de alguna cosa y tiene la propiedad de referirse a alguna cosa. ¿No es
así?

Critias

Seguramente.

Sócrates

Decimos de la cosa que es
más grande, que tiene la propiedad de serlo más que cualquiera otra?

Critias

Sin duda.

Sócrates

¿Más que todo lo que es más
pequeño, porque ella es más grande?

Critias

Necesariamente.

Sócrates

Si encontráramos un cuerpo
más grande, que lo fuese más que los demás cuerpos y que él mismo, sin ser más
grande que los cuerpos sobrepujados por aquellos que él sobrepuja ¿no se
seguiría de toda necesidad, que sería a la vez más grande que sí mismo, y más
pequeño que sí mismo? ¿Qué dices a esto?

Critias

Eso sería de toda necesidad,
Sócrates.

Sócrates

Si se encontrase un número
que fuese doble de los demás números dobles y de sí mismo, estos otros números
y él mismo no serían más que mitades con relación a aquel que fuese doble,
porque lo doble no puede ser sino de una mitad.

Critias

Es cierto.

Sócrates

Por consiguiente una cosa
sería al mismo tiempo más grande que sí misma y más pequeña; más pesada y más
ligera; más vieja y más nueva, y así de todo lo demás. No es indispensable que
la cosa, que posee la propiedad de referirse a sí misma, posea además la
cualidad a que tiene la propiedad de referirse? Por ejemplo, el oído sólo oye
la voz; ¿no es así?

Critias

Sí.

Sócrates

Si el oído se oyese a sí
mismo, sólo sería a condición de tener una voz, porque en otro caso él no
oiría.

Critias

Es preciso.

Sócrates

Y la vista, querido mío, si
viese a sí misma, sería preciso necesariamente que ella tuviese algún color,
porque la vista no puede ver lo incoloro.

Critias

No, sin duda.

Sócrates

Ya ves, Critias, que de las
cosas que acabamos de recorrer, las unas no pueden absolutamente referirse a sí
mismas, y no es probable que las demás puedan hacerlo. En cuanto a la magnitud,
al número y otras cosas semejantes es de hecho imposible. ¿No es así?

Critias

Ciertamente.

Sócrates

En cuanto al oído y la
vista, en cuanto al movimiento que tuviese la propiedad de moverse, al calor
que tuviese el de calentarse y todas las cosas de este género, muchas personas
no querrían creerlo, pero quizá otras lo creerán. Se necesita nada menos que un
hombre de genio, mi querido amigo, para decidir en última apelación y de una
manera general, si algo de lo que existe ha recibido de la naturaleza la
propiedad de referirse a sí mismo, refiriéndose toda cosa a otra cosa; o bien
si entre los objetos unos tienen este poder y otros no; y en fin, en el caso de
que algunos pudiesen referirse a sí mismos, si la ciencia que llamamos
sabiduría estaría en este caso. Yo no me considero capaz para resolver estas
cuestiones. ¿Es posible que haya una ciencia de la ciencia? Yo no puedo afirmarlo;
y aun cuando se probase que existe, no podría admitir que esta ciencia sea la
sabiduría antes de haber examinado, si dando esto por supuesto, nos sería útil
o no; porque me atrevo a declamar que la sabiduría es una cosa buena y útil.
Pero tú, hijo de Callescrus, que has sentado que la sabiduría es la ciencia de
la ciencia e igualmente de la ignorancia, pruébame, en primer lugar, que esto
es posible, y en segundo, que esta cosa posible es además útil. Quizá de esta
manera me convencerás de que defines exactamente la sabiduría.

Habiendo oído estas palabras
y viéndome embarazado, Critias, igual a aquellos que con sólo ver bostezar
bostezan, me pareció tan embarazado como yo. Habituado a verse colmado de
elogios, se ruborizaba sólo con notar las miradas de los circunstantes, no se
apuraba a confesar que era incapaz de ilustrar las cuestiones que yo le había
propuesto, hablaba sin decir nada claro, y sólo trataba de encubrir su
impotencia. Yo, que no quería ahogar la discusión, le dije:

—Si te parece bien, querido
Critias, demos por concedido que la ciencia de las ciencias es posible, y
entonces entraremos en indagaciones acerca de si existe o no existe, pasaremos
de la posibilidad al acto. Supongo esta ciencia perfectamente posible, y te
pregunto si es más fácil saber lo que se sabe o lo que no se sabe. Porque hemos
dicho que en esto consisten el conocimiento de sí mismo y la sabiduría. ¿No es
cierto?

Critias

Sin duda, y eso es muy
consiguiente, Sócrates. Porque si el hombre posee la ciencia que se conoce a sí
misma, es preciso que sea de la misma naturaleza que lo que él posee. Tiene uno
la vivacidad, es vivo; la belleza, es bello; la ciencia, es sabio. Y si tiene
la ciencia que se conoce a sí misma, será preciso que se conozca a sí mismo.

Sócrates

No es esa la dificultad. Sin
duda, si alguno posee lo que se conoce a sí mismo, se reconocerá él a sí mismo
igualmente; lo que se quiere averiguar es si el que posee esta ciencia debe
necesariamente saber lo que sabe y lo que no sabe.

Critias

Sin duda, Sócrates, porque
eso es lo mismo.

Sócrates

Lo será; pero yo lo mismo
estoy que estaba, porque no comprendo cómo conocerse a sí mismo es lo mismo que
saber lo que se sabe y lo que no se sabe.

Critias

¿Qué quieres decir con eso?

Sócrates

Lo siguiente: ¿la ciencia de
una ciencia podrá hacer más que distinguir entre dos cosas, qué es una ciencia
y qué no es una ciencia?

Critias

No; a eso se limitará.

Sócrates

¿Son una misma cosa la
ciencia y la ignorancia de lo que es sano y la ciencia y la ignorancia de lo
que es justo?

Critias

No.

Sócrates

La primera de estas ciencias
es, creo la medicina, y la segunda la política, y la ciencia de la ciencia es
simplemente la ciencia.

Critias

Imposible negarlo.

Sócrates

El que no conoce ni lo sano,
ni lo justo, y solamente tiene la ciencia de la ciencia, reducido a esta
ciencia única, podrá saber que él sabe alguna cosa y que posee una cierta
ciencia y lo sabrá de los demás y de sí mismo. ¿No es así?

Critias

Sí.

Sócrates

Pero lo que sabe, ¿cómo pudo
saberlo por medio de esta ciencia ? Es en efecto por medio de la medicina, y no
por la sabiduría, como conoce lo que es sano; por la música, y no por la
sabiduría, lo que es armonioso; por la arquitectura, y no por la sabiduría, lo
que es propio para construir, y así de lo demás. ¿Es cierto?

Critias

Así me parece.

Sócrates

Por la sabiduría, si es sólo
la ciencia de la ciencia, ¿cómo sabrá que él sabe lo que es sano o lo que es
propio para construir?

Critias

Es imposible.

Sócrates

El que ignora estas cosas no
sabe lo que él sabe, sino únicamente que él  sabe.

Critias

Así me parece.

Sócrates

Luego la sabiduría y el ser
sabio consisten, no en saber lo que se sabe y lo que no se sabe, sino sólo que
se sabe y que no se sabe.

Critias

Probablemente.

Sócrates

Luego la sabiduría no pone
en posición de reconocer en otro, que pretende saber alguna cosa, si sabe en
efecto lo que pretende saber o si no lo sabe; toda su virtud se limita a
enseñarnos que posee una cierta ciencia; cuál es la materia de esta ciencia, la
sabiduría no nos lo dirá jamás.

Critias

No parece que pueda.

Sócrates

Tampoco nos hará más capaces
para discernir el que se da por médico, sin serlo, del que lo es
verdaderamente, ni discernir en general los hábiles de los ignorantes.
Examinemos este punto de la manera siguiente. El sabio, o cualquiera otro
hombre, para distinguir el verdadero del falso médico, obrará de este modo.
Seguramente no le interrogará sobre la medicina, porque ya hemos dicho que el
médico no entiende de ella, como que no conoce más que lo que es sano o dañoso
a la salud. ¿No es así?

Critias

Sí, verdaderamente.

Sócrates

El médico no sabe nada
relativamente a la medicina, puesto que la medicina es una ciencia.

Critias

En efecto.

Sócrates

El sabio, es cierto,
reconocerá que el médico posee una ciencia; pero si quiere averiguar qué
ciencia, ¿no deberá informarse a qué objetos se refiere? ¿No es cierto que lo
que caracteriza cada ciencia, no es el ser ciencia, sino el ser una cierta
ciencia particular, y el referirse a ciertos objetos particulares?

Critias

Es cierto.

Sócrates

Lo que caracteriza la
medicina, lo que la distingue de las demás ciencias, es que tiene por objeto lo
que es sano y lo que es dañoso a la salud.

Critias

Sí.

Sócrates

Luego el que se proponga
examinar a alguno sobre la medicina, debe examinarle de las cosas que son
propias de la misma; porque supongo que no podrá examinarle de cosas extrañas, con
las que esta ciencia no esté en relación.

Critias

No, ciertamente.

Sócrates

El que quiera proceder por
orden sondeará al médico sobre las cosas sanas y las cosas dañosas a la salud,
para juzgar de su mérito.

Critias

Ese es mi dictamen.

Sócrates

Hará estudio sobre las
palabras y acciones del médico para juzgar si las unas son bien dichas y las
otras bien hechas.

Critias

Necesariamente.

Sócrates

Pero sin la medicina, ¿es
posible comprender, sea las palabras, sea las acciones de un médico?

Critias

De ninguna manera.

Sócrates

Fuera del médico, nadie será
capaz de ello, ni aun el sabio; porque en otro caso uniría los conocimientos de
un médico a los de un sabio.

Critias

Es cierto.

Sócrates

Por consiguiente, si la
sabiduría es sólo ciencia de la ciencia y de la ignorancia, es claro como el
día que no nos pondrá en posición de distinguir el médico que posee su arte,
del que no le posee y le impone a los demás y a sí mismo; ni tampoco nos hará
buenos jueces en las otras artes, excepto en aquella que practiquemos nosotros
mismos; pero todos los artistas pueden hacer otro tanto.

Critias

Es cierto.

Sócrates

Pues bien, querido Critias,
reducida la sabiduría a estos términos, ¿cuál puede ser su utilidad? ¡Ah! si
como supusimos al principio, el sabio supiese lo que sabe y lo que no sabe; si
supiese que sabe ciertas cosas y no sabe otras ciertas cosas; si pudiese además
juzgar a los demás hombres en esta misma relación, entonces, yo lo declaro, nos
sería infinitamente útil el ser sabios. En efecto, pasaríamos la vida exentos
de faltas los que tuviésemos la sabiduría, y lo mismo sucedería a los que
obrasen bajo nuestra dirección. Porque respecto de nosotros, no intentaríamos
hacer lo que no supiésemos, sino que dirigiéndonos a los que lo supiesen, a
ellos se lo encomendaríamos; y con respecto a los que estuviesen bajo nuestra
dirección, no les permitiríamos hacer sino lo que pudiesen hacer bien, es
decir, aquello de que tuviesen la ciencia. Una casa administrada de esta manera
por la sabiduría estaría necesariamente bien administrada, y lo mismo un Estado
sería bien gobernado, e igual sucedería en todas partes donde reinase la
sabiduría. Porque unas gentes que no cometerían faltas, que ajustarían todas
sus acciones a las reglas de la razón, necesariamente serían dichosos. ¿No es
esto, mi querido Critias, lo que experimentaríamos con motivo de la sabiduría,
y lo que mostraríamos para hacer ver cuan ventajoso es saber lo que se sabe y
lo que no se sabe?

Critias

Es evidente.

Sócrates

Sí, pero hasta ahora, ya ves
que no existe en ninguna parte una ciencia de esta naturaleza.

Critias

Lo veo.

Sócrates

Pero quizá, la sabiduría,
tal como nosotros la concebimos ahora, a saber, la ciencia de la ciencia y de
la ignorancia tiene la ventaja de
que el que la posee aprende más fácilmente todo lo que quiere aprender, y se
representa todas las cosas con más claridad, estudiándolas a la luz de la
ciencia. Quizá le permite juzgar mejor a los demás sobre lo que él mismo ha
aprendido, mientras que los que intentan juzgar sin la sabiduría lo hacen sin
profundidad ni solidez. ¿Son estas, querido mío, las ventajas que debemos
esperar de la sabiduría; o bien nos formamos de ella una idea demasiado alta, y
buscamos en la misma un valor que no tiene?

Critias

No es imposible que así sea.

Sócrates

Quizá el objeto de nuestra
indagación es absolutamente inútil. Lo que me lo hace creer es que me vienen al
espíritu extraños pensamientos sobre la sabiduría, tal como la hemos definido.
Veamos, si así lo quieres. Convengamos en que la ciencia de la ciencia es
posible, y además lo que al principio sentamos: que la sabiduría consiste en
saber lo que se sabe y lo que no se sabe; en vez de negarlo, admitámoslo.
Hechas estas concesiones, examinemos con mayor esmero si la sabiduría,
supuestas tales condiciones, nos procurará alguna ventaja. En efecto, diciendo
antes que la sabiduría, si tal fuese su naturaleza, sería para nosotros un gran
bien, presidiendo al gobierno de las familias y de los Estados, me parece, mi
querido Critias, que hemos razonado mal.

Critias

¿Cómo?

Sócrates

Porque hemos concedido con
demasiada ligereza, que sería un gran bien para los hombres hacer aquello que
saben, y encomendar lo que no saben a los que lo saben.

Critias

¿No hemos tenido razón para
concederlo?

Sócrates

No, yo creo que no.

Critias

En verdad, Sócrates, dices
cosas extrañas.

Sócrates

¡Por el cielo! eso mismo me
parece a mí; y pensando en esto es por lo que dije que se me venían a la mente
ideas extrañas, y que temía no hubiésemos examinado bien la cuestión. Porque, a
decir verdad, en el acto mismo en que estuviéramos de acuerdo en que la
sabiduría es todo lo que hemos dicho, no por esto vería más claro qué bien nos
procura.

Critias

¿Cómo? Explícate; por lo
menos sepamos cómo piensas.

Sócrates

Creo que me extralimito;
pero no importa, cuando una idea se presenta al espíritu, es preciso
examinarla, y no dejarla escapar a la ventura, por poco amor que uno se tenga a
sí mismo.

Critias

No es posible hablar mejor.

Sócrates

Escucha, pues, mi sueño, y
juzga si ha salido por la puerta de marfil o por la de cuerno. Quiero
que la sabiduría, tal como antes la definimos, ejerza sobre nosotros un imperio
absoluto; pues bien, ¿qué ventajas nos promete con todo su cortejo de ciencias?
Únicamente la siguiente: si un hombre se da por piloto y no lo es, es claro que
no nos sorprenderá, lo mismo que no podrán abusar de nosotros ni un médico, ni
un general, ni ninguna persona que pretenda saber lo que no sabe. ¿Qué ventaja
sacaremos de esto, sino una mejor salud para el cuerpo; librarse de los
peligros de la guerra y de la mar; en fin, tener nuestros muebles, nuestros
vestidos, nuestros calzados más artísticamente hechos, porque sólo nos
valdremos de los verdaderos artistas? Avancemos, si quieres, hasta conceder que
la adivinación es la ciencia del porvenir; y que la sabiduría, saliendo al
frente, nos pone en guardia contra los charlatanes, y nos descubre los
verdaderos adivinos, que son los que saben lo que realmente ha de suceder; pues
bien, yo concibo perfectamente que la especie humana en estas condiciones
obrará y vivirá conforme a la ciencia; la sabiduría, en efecto, guardián vigilante,
no permitirá a la ignorancia deslizarse en nuestros trabajos; mas ¿por vivir
conforme a la ciencia, viviremos mejor y seremos dichosos? he aquí lo que yo
aún no puedo comprender, mi querido Critias.

Critias

Sin embargo, no veo de qué
medio has de valerte para encontrar un modo mejor de vivir, si vivir conforme a
la ciencia no tiene ningún valor a tus ojos.

Sócrates

Escucha aún una pequeña
explicación, te lo suplico. ¿Según qué ciencia? ¿La de zapatero?

Critias

No, ¡por Júpiter!

Sócrates

¿Quizá la de herrero?

Critias

No.

Sócrates

¿Será en la de trabajar en
lana, en madera o en otras cosas de la misma especie?

Critias

De ninguna manera.

Sócrates

No insistamos más sobre nuestro
juicio: que es dichoso el que vive según la ciencia. Porque los artistas de que
acabamos de hablar viven según la ciencia, y sin embargo tú no admites que sean
dichosos; al parecer sólo tienes por felices los que viven según ciertas
ciencias. Quizás sólo concedes este privilegio al que designé yo antes, al que
sabe todo lo que debe suceder, al adivino.

Critias

A ese y también a otros.

Sócrates

¿Cuáles? ¿Será al que una al
conocimiento del porvenir, el de lo pasado y lo presente? Supongo que un tal
hombre existe. Creo que confesarás, que ningún otro, que no sea éste, puede
vivir según la ciencia.

Critias

Ningún otro.

Sócrates

Una pregunta aún. ¿Cuál de
estas ciencias es la que hace a este hombre dichoso, o son todas a la vez y en
debida proporción?

Critias

No, ciertamente; todas en
proporción, no.

Sócrates

¿Entonces cuál contribuye
más? ¿Es la ciencia de los sucesos presentes, pasados y futuros? ¿Es la del
ajedrez?

Critias

¡Ah! ¡el juego de ajedrez!

Sócrates

¿La de los números?

Critias

Tampoco.

Sócrates

¿La de lo que es sano?

Critias

Quizá.

Sócrates

Pero, en fin, ¿cuál es la
que más contribuye?

Critias

La ciencia del bien y del
mal.

Sócrates

¡Picaruelo! después de tanto
andar me haces girar en un círculo. ¡Ah! ¿porqué desde el principio no me has
dicho que vivir dichoso no es vivir según la ciencia en general, ni según todas
las ciencias reunidas, sino según la que conoce del bien y del mal? Pero
veamos, querido Critias, si separas esta ciencia de todas las demás, ¿nos
veremos por eso menos curados por la medicina, calzados por un entendido
zapatero, vestidos por un tejedor, y libres de la muerte por mar o en campaña
mediante un piloto y un experto general?

Critias

No, sin duda.

Sócrates

Faltándonos esta ciencia,
ninguna de estas cosas llegará a tiempo y de manera que nos sea útil.

Critias

Dices verdad.

Sócrates

Y esta ciencia, a lo que
parece, no es la sabiduría, sino aquella cuyo objeto es el sernos útil; porque
no es la ciencia de la ciencia y de la ignorancia, sino del bien y del mal; de
manera que si es ella la que nos es útil, la sabiduría debe ser para nosotros
otra cosa que útil.

Critias

¡Cómo! ¿la sabiduría no nos
ha de ser útil? Si es esencialmente la ciencia de las ciencias, domina todas
las ciencias, y por consiguiente, superior a la ciencia del bien y del mal, no
puede menos de sernos útil.

Sócrates

¿Por ventura es ella la que
nos cura y no ha medicina? Y los resultados de las otras artes ¿es ella la que
nos lo procura y no cada arte los suyos? ¿No hace ya mucho que hemos reconocido
que ella es la ciencia de la ciencia y de la ignorancia y nada más? ¿No es así?

Critias

Así parece.

Sócrates

Por lo tanto, ¿no se puede
esperar de ella la salud?

Critias

No, ciertamente.

Sócrates

La salud depende de otro
arte, ¿qué dices a esto?

Critias

Que es verdad.

Sócrates

Tampoco hay que esperar de
ella nada útil, mi querido amigo, porque hemos achacado lo útil a otro arte.
¿Es cierto?

Critias

Completamente.

Sócrates

¿Cómo, entonces, la
sabiduría nos será útil sin procurarnos ninguna especie de utilidad?

Critias

De ninguna manera, Sócrates,
a lo que me parece.

Sócrates

Ves, pues, mi querido
Critias, la razón que tenía para temer, y cuan justamente me acusaba de ser
incapaz de examinar con fruto la sabiduría. Porque la mejor cosa, a juicio de
todos, no nos parecería desprovista de utilidad, si yo tuviese, con gran
provecho mío, el arte de examinar las cosas. En este momento henos aquí batidos
por todas partes, y en la impotencia de descubrir a qué objeto ha aplicado la
palabra «sabiduría» su inventor. Y sin embargo, ¡cuántas suposiciones hemos
hecho que la razón desaprueba! Hemos supuesto que existe una ciencia de la
ciencia, a pesar de que la razón no permite ni autoriza semejante concepción;
después hemos supuesto que esta ciencia conoce los objetos de las otras
ciencias, cuando tampoco lo permite la razón; y queríamos que el sabio pudiese
saber que él sabe lo que sabe y lo que no sabe. Y en verdad hemos obrado
liberalmente haciendo esta última concesión, puesto que hemos considerado ser
posible saber de cierta manera lo que absolutamente no se sabe. Porque
admitimos que él sabe y que él no sabe, que es lo más irracional que puede
imaginarse. Pues bien, no obstante esta complacencia y esta facilidad, nuestra
indagación no ha conseguido encontrar la verdad, y cualquiera que haya sido la
definición que de la sabiduría hayamos inventado de común acuerdo, ella nos ha
hecho ver con desenfado estar desprovista de utilidad. Con respecto a mí, me
importa poco; pero tú, mi querido Carmides, yo sufro al pensar que con tu
figura y con un alma muy sabia no tengas nada que esperar de la sabiduría, ni
puedas sacar de ella ninguna utilidad en el curso de la vida, aun poseyéndola.
Pero sobre todo, siento haber recogido las palabras mágicas del tracio y haber
aprendido con tanto afán una cosa que ningún valor tiene. Pero no, no puedo
creer que sea así, y es más justo pensar que yo no sé buscar la verdad. La
sabiduría es sin duda un gran bien; y si tú la posees, eres un mortal dichoso.
Pero examina atentamente si la posees en efecto y si no tienes necesidad de
palabras mágicas; porque si la posees verdaderamente, entonces sigue mi
consejo, y no veas en mí más que un visionario incapaz de indagar ni encontrar
nada por el razonamiento, y tú tente por tanto más dichoso cuánto más sabio
seas.

Carmides

¡Por Júpiter! Sócrates, no
sé si poseo o no poseo la sabiduría; ni cómo puedo saberlo, cuando tú mismo no
puedes determinar su naturaleza, por lo menos según tu confesión; si bien en
este punto no te creo, y antes bien pienso tener gran necesidad de tus palabras
mágicas; y quiero someterme a su virtud sin interrupción hasta que me digas que
es bastante.

Critias

Perfectamente. La mayor
prueba que puedes darme de tu sabiduría, mi querido Carmides, es entregarte a
los encantos de Sócrates y no alejarte de él ni un solo instante.

Carmides

Me uniré a él, y seguiré sus
pasos; porque me haría culpable si en este punto no te obedeciese, a ti que
eres mi tutor, y si no hiciese lo que mandas.

Critias

Sí, yo, yo te lo mando.

Carmides

Lo haré, y desde hoy quiero
comenzar.

Sócrates

¡Ah! ¿qué es lo que los dos
tramáis?

Critias

Nada, sino que nos tienes a
tus órdenes.

Sócrates

¡Pero qué! ¿empleáis la
fuerza sin dejarme la libertad de escoger?

Carmides

Sí, la fuerza; es preciso
hacerlo así, puesto que él lo manda. Mira ahora lo que te toca a ti hacer.

Sócrates

¿Qué quieres que vea? Cuando
has resuelto hacer una cosa y recurres a la violencia, ¿qué hombre puede
resistirlo?

Carmides

Entonces no te resistas.

Sócrates

Concedido.

En resumen, la sabiduría no es la mesura, ni el pudor, ni la atención para hacer lo que nos es propio, ni la práctica del bien, ni la ciencia de sí mismo: he aquí lo  que nos dice el Carmides. Pues entonces ¿qué es?; esto es lo que no nos dice. La razón es, porque el verdadero objeto de este diálogo no es definir la sabiduría, sino convencer a Carmides (es decir a los jóvenes en general) que no es tan instruido como cree serlo, para que de este modo nazca en su alma, con una justa desconfianza, el saludable deseo de indagar y buscar la verdad.

Se nos presenta a un Carmides modesto y resuelto a someterse a los encantos de Sócrates. Este es en general el error de la juventud: contentarse con semiverdades y creer conocer lo que no conoce.

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